ALDI
“En el Aldi de Coslada compré pan, fruta y una certeza: la vida, por monótona que parezca, guarda siempre la posibilidad de un sobresalto. El cajero, con esa belleza inesperada de los cuerpos jóvenes que aún no han aprendido a desconfiar, convirtió la cola del supermercado en un poema. No era el precio de las naranjas lo que me retenía allí, sino la tentación de demorarlo todo: su voz, grave y distraída; el gesto con que pasaba cada producto por la máquina, como si la rutina fuese una excusa para rozar el mundo. He vivido, como decía aquel, contra la moral y contra mí mismo, y de pronto el Aldi se me volvió escenario íntimo de un deseo sin remedio. Lo que otros llaman “hacer la compra”, yo lo recordaré como una de esas tardes en que la carne y la poesía coincidieron en una caja registradora.”