Restaurante Flor de Tuna
““un oasis donde el tiempo se detiene... Llegamos un viernes al mediodía: ocho comensales (cinco adultos y un niño). El sábado repetimos para cenar. En ambos casos el espacio es de sobresaliente: ese patio con luz mediterránea, la antigua bodega de 1934 reconvertida… el entorno invita a ralentizar el pulso. El propietario, Pepe, no es solo un anfitrión: cuida con mimo cada detalle, se detiene, pregunta, valora. No es habitual encontrar ese nivel de atención en locales de ruta. Y el extra: llegamos con nuestras botellas desde San Fernando (“somos bodega”), Pepe las acepta, las cata, las comparte. Esa complicidad eleva la experiencia. Para los niños también hubo sitio —menú infantil bien pensado— y para los adultos, placer sencillo, carne, brasa, verduras en parrilla, y nuestros vinos. “un oasis donde el tiempo se detiene en favor del hedonismo más epicúreo y sencillo que puede ofrecer el que ama lo que hace”. Sí, eso.”