Me dijeron que no me daban el medicamento sin la tarjeta aún llevando receta impresa, me fui a otra farmacia y resulta que no hacía falta receta pero no lo cubría el seguro, pero que costaba 3€. Vivo a escasos metros pero no volveré allí, aunque te ha que comprar los medicamentos a 100km. Me moleste en ir a darles las gracias por hacerme ir a otra y todaví a se hacen ellas las indignadas. Un desastre, no volveré. Y hablando con gente del pueblo parece que no soy el único descontento. Si vas allí....que la fuerza te acompañe!
Fotos
Opiniones
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Cave Canem ★☆☆☆☆
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Juan Herrero Sotillo ★☆☆☆☆
NO VAYAN A ESTA FARMACIA Una foto breve 15 minutos esperando dentro, mientras la señora atiende en slow motion. Después nos dicen que no funciona la tarjeta Que falta de tacto, sensibilidad y espíritu de servicio Eso sí, el local lleno de potingues caros de belleza para stracarte en cuanto te salgas de las recetas. Un cliente menos, aunque me esté muriendo me voy a otra.
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C.A.L. C.A.L. ★☆☆☆☆
Nefasto trato. Farmacia NADA RECOMENDABLE. El trato de las trabajadoras es terrible. Son unas maleducadas y cero resolutivas. Ayer fui con receta a por unos medicamentos. La receta me caducaba al día siguiente, pero ese día estaba en vigor. Fui a comprar los medicamentos, aprovechando que era el último día de las recetas. Me dicen que uno de los medicamentos no lo tienen, pero que me lo piden para el día siguiente. Les digo que al día siguiente me caduca. Me dicen que no me preocupe, que como lo pido hoy, que no hay problema. Fenomenal. Al día siguiente voy a recogerlos y me dicen que no me la dan, porque la receta está caducada. Les explico que ayer me atendieron y que me dijeron que sin problema me la traían al día siguiente. Me dicen que no, que no me la van a dar y no solo eso, se ponen entre las trabajadoras a reírse de lo que les estoy explicando. Me cortan, la que me atiende se me pone a gritar… una mujer totalmente MALEDUCADA . Está farmacia no hace bien su trabajo. Al final me he quedado sin el medicamento que necesitaba y tengo que volver al médico a que me vuelvan a recetar el medicamento. Increíble. Que mal cuerpo se me ha quedado con toda esta situación. Unas maleducadas.
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Nacho RJ ★★★★☆
"La Farmacia del Tiempo Quieto" Un cuento al estilo de Edgar Allan Poe Había una farmacia en la calle empedrada de una ciudad cuyas arterias parecían haber sido olvidadas por el tiempo. No figuraba en ningún mapa reciente, ni su fachada parecía tener más propósito que desmoronarse lentamente en el abandono. Sin embargo, de vez en cuando, algún transeúnte curioso, impulsado por la necesidad o el capricho, entraba a ese lugar cuyo umbral parecía absorber la voluntad y la prisa de quien lo cruzara. Yo, un hombre de ciencia, escéptico y ordenado, no creía en fábulas urbanas. Pero cierto día, atacado por una migraña atroz mientras vagaba por calles que no recordaba haber transitado antes, me vi obligado a entrar en esa vieja botica, cuyas letras, desvaídas por el sol y los años, apenas se leían: "Apotheca Sanctum Horologium". Adentro, el aire estaba cargado de un aroma dulzón, empolvado, como de hierbas secas y cuerpos que nunca fueron enterrados. El suelo crujía bajo mis pasos, y cada estante parecía inclinarse con cansancio, como si hubiera soportado siglos de espera. Las paredes estaban cubiertas de frascos sin etiquetas, de colores oscuros y líquidos que parecían moverse por sí mismos. —¿Puedo ayudarte, caballero? —dijo una voz suave, casi susurrada, que parecía salir más de mi mente que del espacio físico. Me volví, y vi a una mujer alta, delgada como una vara seca, con una bata blanca que parecía más una mortaja. Su rostro era pálido, impasible, bello de una manera perturbadora. No pude adivinar su edad: podría haber tenido veinte años o doscientos. Tras ella, otras dos mujeres iguales en porte y gesto se movían con una lentitud exasperante, como si cada paso les costara siglos. Sus ojos —grises, inmóviles— parecían seguirme incluso cuando no me miraban. —Necesito algo para el dolor de cabeza —murmuré, sintiéndome tonto por hablar tan alto en un lugar donde hasta el silencio parecía tener peso. Ella asintió muy despacio, girándose con tal parsimonia que me dio la impresión de que lo hacía al compás de un reloj que no podía ver. Se perdió entre los estantes, y las otras mujeres comenzaron a deslizarse entre las sombras como espectros. Pasaron diez minutos, quizá menos. O eso creí. Miré mi reloj. La aguja del segundero no se movía. Lo golpeé. Nada. Comencé a notar algo extraño en mi cuerpo. Una ligera comezón en la piel, como si el aire mismo me estuviera descomponiendo. Y sentí, al mismo tiempo, una tranquilidad inusitada. Como si nada más importara. Como si el mundo afuera fuera un sueño del que acababa de despertar. —Aquí tienes —dijo la mujer al regresar, tendiéndome un frasquito de vidrio negro. Lo tomé con manos que sentía extrañamente más huesudas que antes. —¿Cuánto es? —pregunté. —El tiempo que nos diste —respondió, y sonrió por primera vez. Fue una sonrisa gélida, antigua, como una puerta que se abre hacia el abismo. Salí sin pagar, o al menos eso creí. El sol me cegó al cruzar el umbral. La calle era distinta. Las casas, otras. La ciudad, transformada. Sentí un escalofrío al mirar el periódico de un vendedor ambulante: habían pasado tres días desde que entré. Volví a mi casa trastornado. Dormí como si no hubiera dormido en años. Pero desde entonces, no he vuelto a ser el mismo. Mi rostro envejece, sí… pero más rápido. Cada mañana, mis manos son más huesudas. Mis dientes se aflojan. Mi vista se empaña. Y lo más terrible: a veces, en el reflejo del espejo, veo el rostro de una de ellas. Sonriendo detrás de mí. Porque el tiempo que uno deja en esa farmacia no se pierde. Se queda con ellas. Y ellas no envejecen. Porque tú envejeces por ellas.
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carmen jimenez ★☆☆☆☆
Servicio nefasto, increiblemente lento y la amabilidad brilla por su ausencia. He ido muchas veces a esta famacia y siempre me lamento de la lentitud y de lo antipáticas que son todas las personas que atienden. La de esta tarde ha sido en definitiva la última vez que he ido a esta farmacia, pues la actitud de la persona que estaba atendiendo ha superado todos mis límites.
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MC G ★☆☆☆☆
No se puede ser más lento, más inútil y más caro. No se enteran de nada, te mandan volver al ambulatorio para cosasque deben hacer ellas, pero como ya las conocemos te vas a las otras farmacias y ellas SÍ te lo hacen... increible no saber ni tu oficio. Un curso de atención al público les daba yo. Y cuidadito con los precios tsnto en medicamentos con receta como sin ella re cobran lo que quieren, como todas las farmacias, pero ésta se pasa tres pueblos.
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MIMUPREFERIDA ★☆☆☆☆
No se puede ir más lento, 20 personas en la puerta y de cháchara insulsa entre ellas. Alucino que alguien así tenga una licencia, todos los dias lo mismo, y lo peor, la dueña, que le da todo igual que le da lo mismo. Que horror de sitio, te vas a collado Villalba y tardas la mitad incluyendo el viaje en coche. Sitio a evitar a toda costa , mi dinero ya no lo ven mas a no ser que me esté muriendo...
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George Kaplan ★☆☆☆☆
Son muy lentos. Les da igual que la gente esté esperando fuera. Van a su ritmo y de chachara todo el rato. Es desesperante.
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Ana Pérez ★☆☆☆☆
La farmacéutica es una persona muy desagradable. Atención pésima. No pienso volver.
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Angl M.A. ★☆☆☆☆
Increíble, con una cola de 20 personas y solo atiende una. La otra colocando medicina. A 20 minutos cada cliente. Son lentas de ... Si puedes vete a otra. Además siempre les falta algo y lo tienen que pedir después de estar una hora esperando
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